Escribir una columna mensual

Cuando yo era adolescente, mi referente de qué era ser escritora era Ágatha Christie. Creo que ya repito este tema, pero igual me gusta compartirlo. Mi abuelo materno se adentraba en Salsipuedes de los años 80 y traía a casa libros de una extensa colección de novelas usadas de Ágatha Christie. Yo me imaginaba escribiendo en mi Olimpia, unas obras maravillosas, las vendía a una editorial y, voilá, vivía una vida de viajes, entrevistas, y maravillosas aventuras. La febril imaginación adolescente no tiene parangón. Ya entendí que no voy a vivir algunas de esas maravillosas aventuras, y creo que solo he logrado vender un cuento por 100 dólares a una editorial estadounidense. Miento, también he podido publicar en la Revista Lotería, una de las pocas publicaciones en papel, panameñas, que paga algo. Por cierto, ¿estará aún funcionando?

Bueno, la cosa es que en pandemia tuve la idea de empezar a escribir una columna mensual para un periódico local. Primero traté de enviar un artículo de opinión a La Prensa pero no tuve suerte. Aunque les digo que el editor tuvo la cortesía de contestar muy diplomático y me lo imaginé muy guapo detrás de su ordenador tratando de ser amable. Así que intenté con la Estrella, no me rindo, ya escojo mejor mis batallas y desgastes, eso sí, y la editora, la sra. Hubbard, ha tenido a bien publicar un artículo de opinión mensual. Busco escribir de temas donde se de una conjugación entre arte, creatividad y salud mental. Es un espacio para exponer mis ideas, no son sentencias, más bien una exploración. Agradezco a los que me contestan con sus opiniones. Significa que al menos leyeron porque poner likes a diestra y siniestra ya sabemos todos que podemos hacerlo sin prestar la más mínima atención.

https://www.laestrella.com.pa/opinion/columnistas/210217/estados-alterados-drogas-creatividad

Así que aquí les dejo el enlace al artículo de este mes. Si tienen otros temas en mente, les agradezco me los compartan.

https://www.laestrella.com.pa/opinion/columnistas/210217/estados-alterados-drogas-creatividad

Un minicuento de Isabel Herrera, mi madre

Mi madre escribe, de seguro nunca se los he contado. Mis padres eran profesores universitarios de materias científicas y crecí en un hogar con muchos libros y revistas. A mi madre siempre le gustó la literatura y cuando mi hermana y yo fuimos mujeres adultas, mi madre se inscribió en el diplomado de Creación Literaria en la Universidad Tecnológica. Algunas personas creen que yo fui la que se graduó de ese diplomado y afirman que yo me gradué de Escritura Creativa. Esa fue mi madre. Yo solo he tomado dos cursos de escritura en esta vida, uno de cuento con Jaramillo Levi en los años 90 y otro de novela con Ariel Barría. Del segundo nunca se me olvida que hice una tarea que dejó el profesor Ariel, un primer esbozo o capítulo. A mi poco me preocupan mis borradores, si para eso existen ,para equivocarse y experimentar. Bueno, cuando leí mi borrador, un psicólogo que tomó el curso y por cierto nunca mostró su tarea, se pusó muy disgustado por la trama de mi tarea, porque tenía ciertas inexactitudes. Cierto, había que mejorar la parte neuroquímica de la trama pero tampoco era para tomarlo tan a pecho. Mi madre por lo contrario es muy precisa y correcta en su redacción, en su investigación previa y teme enviar a un concurso un material poco pulido. A mi eso me tiene sin cuidado y allá los que creen que van a ir al cielo de los escritores por burlarse de un material que no llegó a la calidad tal o cual o que no es de su gusto personal.

Así que sin más que decir, les comparto este minicuento de mi madre, tiene una cualidad onírica.

La mujer en el jardín

El hombre sintió calor y decidió abrir la ventana. En eso miró y, en el padro hermoso, sentada sobre la grama estaba una mujer sin zapatos, falda recogida, blusa desabrochada. ¡Qué piernas! ¡Qué hermosos cabellos!

Vuelve el rostro y él se asombra:–¡Es Carolina!–se dijo–Pero…no reconozco esa ropa antigua que viste, como del siglo diecinueve.

Se percata de otro detalle: su casa no tiene jardín trasero, siempre hubo un callejón. Recorre el cuarto con la mirada, es su recámara. Está seguro de que es la ventanta. Se asoma y grita:–¡Carolina!

La mujer se sobresalta y la imagen desaparece.

Esa tarde se encuentra con Carolina y antes de que aluda al hecho, ella le dice:

–Anoche soñé que descansaba en un jardín y, como hacía calor, me aflojé la ropa que, por cierto, era de otra época. Entonces, alguien gritó mi nombre y desperté.

La Mujer en el Jardín y otra impredecibles mujeres. Isabel Herrera de Taylor. Colección Testimonios Nacionales N.12. Universidad Tecnológica de Panamá

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