La poesía busca senderos

Un relato de un par de idealistas que el día miércoles decidieron compartir poesías con extraños en hospitales, salas de esperas de una terminal de buses y hasta en una construcción…Debería animarme y el próximo año unirme a este singular ejército de poetas.
Estimados amigos:
Ayer fue nuestro viaje por los senderos y las calles de nuestro país con la poesía en las manos y en la boca. Al igual que el año pasado, les estamos pidiendo una evalución de los eventos. Pero no queremos una evaluación fría y burocrática; queremos que nos hablen como un campesino habla de su tierra. En pocas palabras: cuénten el cuento.
Haciendo énfasis en la parte espiritual y sensible de las cosas. Es bueno que mencionen quiénes leyeron, cuántas personas, dónde, cómo y, también, las dificultades; pero de una manera sencilla y entusiasta.
Si les fue mal, es decir, si no pudieron hacer la lectura; nos dicen qué pasó. Tal vez esto ayude a mejorar la metodología y la organización. Narro mi experiencia al lado de Lil María Herrera, como ejemplo:
Llegamos al Hospital del Niño como a eso de las 10:10 de la mañana. Andábamos medio perdidos hasta que finalmente dimos con la Biblioteca del hospital donde nos esperaban un grupo de enfermeras y como quince niños. Definitivamente hay que tener mucho amor y valor para tratar con niños visiblemente golpeados por la enfermedad.
Estuvo con nosotros la profesora Sadia Barnes que empezó con la lectura.
Luego Lil con su singular talento; y finalmente yo que conté un cuento y luego leí poemas de Héctor Collado y otros autores. Para mi sorpresa, cuando le pregunté a los niños que si querían otro cuento; dijeron que no; que poesía.
Y comenzamos otra ronda. Los niños se veían tan felices, a pesar del dolor en sus cuerpecitos.
Luego Lil y yo salimos rumbo a San Felipe, donde teníamos planeado leer a los obreros de la construcción en el antiguo Hotel Central, pero no había obreros allí.
Enseguida elaboramos el plan B (que no existía) y leímos a otros obreros en el Arco Chato. Fuimos tratados muy bien. Nos pusieron cascos y nos sumergimos en el polvo y el concreto a leerle a los obreros. Lil leyó sus poemas metálicos y salieron las cosas con las que los trabajadores se identificaron…hasta fotos nos tomó el capataz.
En otra construcción (Plan C), cuanto Lil terminó su lectura, escuchamos una voz que gritaba a nuestras espaldas: “¡Y a nosotros cuándo nos toca!”: era un obrero que colgado de una cerca de zinc, reclamaba su lectura…increíble.
Luego almorzamos y nos fuimos para el Hospital de Salud Mental donde un grupo de pacientes ya nos estaban esperando.
Leímos nosotros, leyó la enfermera, leyó un funcionario (que para el colmo escribía poesía) y escuchamos a los pacientes que cantaron, declamaron de memoria a Amelia Denis y a Miró. Fue una experiencia que no voy a olvidar, porque nunca había visto a gente tan agradecida por lo que hicimos. Descubrimos que la poesía opera de forma
misteriosa en distintos espíritus…y que la poesía se queda y pertenece, no a los poetas, sino a quién la aprecia y la vive.
De allí Lil me dejó en la Terminal de Albrook y allí me encontré con otros secuaces: Julio Montes y Francisco De La Cruz. Leímos de persona a persona en las Salas de espera. Un señor que estaba escuchando la lectura se paró y me pidió que le regalará un poema; lo hice. Leímos a mujeres solitarias, a parejas de novios, a niños y padres…y hasta le leímos a los guardias de seguridad que estuvieron muy agradecidos.
Ojalá a todos les haya ido tan bien.
Carlos Fong
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